Hay ciudades que también se descubren leyendo. A veces no hace falta abrir un libro buscando grandes batallas, reyes o palacios: basta una escena sencilla, casi cotidiana, para encontrar una parte de lo que fuimos. En el caso de Leganés, esa huella aparece nada menos que en un romance de Luis de Góngora, uno de los grandes poetas del Siglo de Oro.
El texto, fechado en 1625, mira hacia la ciudad a través de una imagen muy reconocible para la memoria local: una joven que acude a la fuente al anochecer con su cantarilla. Góngora la llama “la rosa de Leganés” y le da nombre propio: Inesica la hortelana. No es difícil entender por qué esta figura conecta todavía con la ciudad actual, donde varias estatuas recuerdan la imagen de la agüadora.
La escena tiene algo profundamente cercano. Inesica va “a la fuente del olmo” cuando cae la tarde. Llena su cantarilla, la vacía después y canta para no llorar mientras espera a Miguel, su enamorado, que no llega. “Si viniese ahora, / ahora que estoy sola”, dice el romance, dejando suspendida esa mezcla de deseo, espera y tristeza que sigue siendo reconocible cuatro siglos después.
‘A la fuente va, del Olmo‘, de Góngora
A la fuente va, del Olmo,
la rosa de Leganés,
Inesica la hortelana,
ya casi al anochecer.
5 La luna salir quería,
mas los dos soles de Inés
le dijeron a la luna
no tenía para qué.
A los tres caños llegó,
10 y su mano a todos tres
correr les hizo el cristal
que ya les hizo correr.
Llenaba su cantarilla
y vaciábala después,
15 cantando, por no llorar,
la tardanza de Miguel:
Si viniese ahora,
ahora que estoy sola.
Hola, que no llega la ola.
20 Hola, que no quiere llegar.
Las olas calmó la niña,
porque, en oyendo el rabel
del mancebo que esperaba,
perdió la voz, de placer.
25 Mas viéndolo con Quiteria,
la de Gil, perdió otra vez
la voz, mas fue de pesar,
y escuchólos sin querer:
Mala noche me diste, casada:
30 Dios te la dé mala.
Sin permitirle acabar,
para Quiteria se fue,
que la recibió con señas,
si llegó mudilla Inés:
35 de sus cuatro labios ambas
más se dejaron caer
virtudes, que del romero
califica no sé quién.
Miguel a lo socarrón,
40 mientras se abrasan por él,
con aguas turbias apaga
el fuego en que las ve arder.
Turbias van las aguas, madre,
turbias van:
45 mas ellas se aclararán.
-Diga, señora la buena,
la que se precia de casta,
¿la propia a Gil no le basta,
que le hace criar la ajena?
50 -Amiga, sí, y tan sin pena
como tu bendita madre
costas le hizo a tu padre,
siendo tú del sacristán.
Turbias van las aguas, madre,
55 turbias van:
mas ellas se aclararán.
Aclaráronse las aguas
tanto, que fue menester
que Miguel se moje entre ellas,
60 cantando como un angél:
Ya no más, queditico, hermanas,
ya no más.
Llegó en esta sazón Bras,
la mejor que pudo ser,
65 pues un favor le escuchó
lo que cantaba a un desdén:
«Bien sé que a la muerte vengo,
zagala, en venirte a ver,
mas tal cariño te tengo
70 que no puedo más hacer».
Seis meses, de ruiseñor,
de pelícano otros seis,
Bras ha servido a Inesilla;
otros tantos, de crüel
75 ha sufrido a la que ahora,
agradecida a su fe,
un listón le dio, encarnado
como Dios hizo un clavel:
por vengarse del ingrato,
80 favor le hizo y merced
del que a Bras será listón,
y a Miguelillo, cordel.
Él, desmintiendo su rabia,
al plectro hizo morder
85 las cuerdas de su instrumento,
y cantando esto se fue:
«Vámonos, que nos pican los tábanos,
vámonos donde moriré.
»Por Quinteria dormí al hielo,
90 y por Inés voy corrido:
si de necio me he perdido,
ninguno me tenga duelo;
si no me negare el suelo
aun adonde ponga el pie,
95 vámonos, que nos pican los tábanos,
vámonos donde moriré».
La historia de Leganés
No se trata solo de recordar que Góngora mencionó Leganés, sino de volver a leer esos versos desde aquí. Desde una ciudad que muchas veces se cuenta por sus problemas, sus obras, sus barrios o sus conflictos políticos, pero que también fue fuente, huerta, cantarilla, amor popular y poesía.
El romance permite mirar Leganés con una emoción distinta. Antes de ser una gran ciudad del sur de Madrid, antes del crecimiento urbano y de los bloques, ya existía una imagen literaria asociada al lugar: la de una mujer que espera junto al agua. Una escena pequeña, sí, pero lo bastante poderosa como para sobrevivir en la memoria.
Rescata el papel de la mujer en la huerta
Tres razones hacen que este texto merezca volver al radar: conecta Leganés con uno de los grandes nombres de la literatura española, explica parte del peso simbólico de la aguadora en la ciudad y rescata una imagen femenina que no aparece como adorno, sino como centro del poema.
Redescubrir a Góngora desde Leganés no es una obligación escolar. Es una forma de encontrarnos en los clásicos. De comprobar que la ciudad también tuvo belleza, música y nombre propio en la literatura mucho antes de que muchos aprendieran a mirarla así.






