La música clásica como hilo conductor en ‘Música y mal’

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El domingo 24 de marzo, Música y mal llegó al auditorio de la Universidad Carlos III, con la dirección e interpretación de Lola Blasco y el acompañamiento de Alexis Delgado al piano, con los arreglos de Manuel Bosco.

Lola Blasco (Premio Nacional de Literatura Dramática en el 2016) crea un espectáculo teatral musicalizado en el que, a través de un discurso acompañado de la música, nos habla de la relación entre este arte y el nazismo. 

Como si de una conferencia se tratara, una mesa de escritorio preside la sala. A la derecha se sitúa una pizarra en la que va marcando el tema central de cada punto de la conversación. A la izquierda el piano, con Alexis Delgado sumido en las notas, que parece ajeno a su alrededor pero está en plena conexión con el diálogo. Si este se altera, el ritmo crece; si raramente entorpece se retrasa y acaba siempre en el momento exacto. 

Lola entra con prisas en la conversación. Expone la dualidad entre genialidad y el horror, la grandeza de las composiciones y las anécdotas terribles en torno a sus creadores. El arte y la música, la música y la degeneración. Se confiesa: “El mundo de la música clásica está lleno de pervertidos y yo padezco de melomanía”. Dice cruzar a los infiernos al escuchar a Wagner, a quien admira y aborrece. Llegó incluso a pensar que sus ideas en relación al nazismo habían sido atribuidas erróneamente, pero no, “el antisemitismo en el arte de lo debemos a Wagner”. También ironiza sobre las ganas de invadir Polonia con su música, y va hilando anécdotas: “En la guerra del Golfo, en la de Irak, un grupo de soldados estuvo mirando durante tres días la escena de los helicópteros de Apocalypse Now, La de La cabalgata de las Valquirias. Estuvieron tres días viendo esa escena antes de estrellarse contra las casas de los iraquíes” al igual que “Hitler escuchaba La muerte de Isolda el día que se pegó un tiro”. 

Construye así una reivindicación a la historia y la memoria, a través de diversos compositores. “Si Bach es como Fausto yo soy un maestro alemán”. Dice sentirse entonces como Margarete. No indaga en ello y pasa a hablar de Schubert, pero siguiendo la misma fórmula de su discurso podríamos hacer paralelismos interminables: Margarete, la de los cabellos de oro. Margarete, la de los cabellos de ceniza sulamita. Margarete, cuyo nombre fue escrito en un cuadro de Anslem Kiefer que representa las cenizas, que salían de las chimeneas de los hornos, cayendo sobre los campos de trigo. Margarete, la de Fuga de muerte de Paul Celan, poeta judío que fue apresado en un campo de concentración y cuyos padres murieron en campos de exterminio; Margarete, el poema que está conexión con las teorías de Theodor Adorno quien dijo no ser posible escribir poesía después de Auschwitz.

Nos descubre a Schubert, a Schumann -compositor favorito del ángel de la muerte, de Mengele-, también a Gesualdo, sus crímenes y la relación de todo esto con La mona Lisa. Del cromatismo, del arte degenerado, de Alma Mahler, Kokoschka, de Erwin Schullhoff y su Sonata erótica. 

Ejerce así un discurso frenético en el que todo está en relación, con sensibilidad, pero sin censuras. Con la capacidad de incomodar por momentos o llevarlo a un humor irónico velado. Desde la efusividad para todos los públicos, se acerca a la intimidad. Traspasa el escenario y desafía continuamente al público mirando firmemente a los ojos: “¿la música o la palabra?” No es tan simple -reconoce- esto del bien y el mal.

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