“El 8M no es una fiesta, es un recordatorio de todo lo que queda por hacer”.
Estas palabras de dos mujeres de la Fundación ‘Adopta un abuelo’ llevan días resonando en mi cabeza. Dando vueltas, pero no para buscarles un significado, sino para ver por qué no todo el mundo las comparte.
Todo lo que queda por hacer.
En 2026 las mujeres ya no tenemos que pedir permiso para abrir una cuenta bancaria, podemos separarnos sin que nos denuncien por ‘abandono del hogar’, podemos hablar en nuestra propia voz en un juzgado y podemos vivir como queramos… legalmente.
Hace cincuenta años todo esto era impensable. Ahora, gracias a mujeres de esa generación, mujeres que salieron a la calle cuando nadie las escuchaba, que alzaron la voz. Pero una realidad frágil.
Todos los derechos legales tienen que asentarse en la sociedad. Y la sociedad parece que, cincuenta años después, todavía no ha asumido que hombres y mujeres somos personas. Personas iguales ante la ley. Y personas iguales ante los ojos de los demás.

Los derechos son frágiles. El voto y el divorcio llegaron con la democracia. Pero también la libertad reproductiva, el aborto, esto que todavía está en debate cuarenta años después. el aborto, que cuarenta años después sigue en debate. Un derecho que, aunque legal, todavía no está plenamente asentado en la sociedad. Esto que nos recuerda que, en cualquier soplo de viento contrario, podemos perder lo que hemos peleado.
Pero hay quien quiere vaciarlo de sentido, que el Día de la Mujer se quede en una simple fiesta.
Y quizá por eso chirría ver cómo en mi ciudad hemos dejado que se convierta en un espectáculo. En Leganés este año el 8M se ha celebrado con una gala de la mujer. Un acto institucional, con aplausos y homenajes, pero donde la reivindicación ha quedado en segundo plano. Como si el Día de la Mujer fuese una celebración y no una jornada de lucha.
Porque mientras celebramos, hay quien prefiere que sigamos apartadas, aplaudiendo al mago mientras la ayudante hace el truco de magia desmoronando el castillo de naipes que creímos tan asentado.
El 8M es la pancarta de la lucha diaria. Es el momento de reivindicar, de abrazarnos por seguir luchando, de ver que nuestros respectivos granitos de arena no están solos, de felicitarnos por no bajar los brazos. De respirar pero sin olvidar.
“El 8M no es una fiesta, es un recordatorio de todo lo que queda por hacer”.
La lucha sigue día a día. Una lucha que persigue mantener los derechos legales y que mira más allá, mira a todo lo que nos queda. Mira a dejar de tener miedo de perder tu trabajo por quedarte embarazada, de sentirte invisible en una reunión entre hombres. Mira a dejar de temer ir por una calle oscura, que te echen algo en la copa, que un hombre te persiga por la calle, que te toquen en el transporte público, que el chico que te gusta se sobrepase.
Que tu pareja te insulte… que tu pareja te pegue…
El 8M no es una fiesta. Es una pancarta, una voz y una lucha que sigue todos los días del año. Por eso convertirlo en una gala o en un espectáculo no lo celebra. Lo vacía de sentido.




