‘Orgullo y prejuicio’; Adrián Gómez

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Hoy es 12 de octubre, día de la Hispanidad, día de la Fiesta Nacional, o como a los historiadores nos gusta llamarlo, el “día del historiador”. Ya es habitual que hoy sea el día marcado por monótonos debates en las redes sociales, situados entre el “nada que celebrar” y la reivindicación del “pasado imperial español”, que se repiten casi palabra por palabra año tras año.

No voy a fingir que elegir el día en el que se rememora la llegada de la expedición de Cristóbal Colón a América como fiesta nacional es inocente. Por supuesto que no lo es y nos habla mucho de la Historia que se impone como relato oficial por parte de las instituciones públicas. Qué eventos históricos se quieren celebrar y promover y qué acontecimientos del pasado se quiere que resuenen como propios. De hecho, de acuerdo con la Ley 18/1987, se elige esta fecha porque “simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los Reinos de España en una misma Monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”. Esta frase encapsula ya varios de los pecados que los historiadores siempre tratamos de advertir y perseguir: el presentismo (buscar deseos del presente en el pasado, cuando se habla de la pluralidad cultural y política como algo existente y deseable en esta época), el esencialismo (presentar España como algo inmutable a lo largo de los siglos) o el personalismo (el uso de la primera persona del plural para hablar de una estructura política de hace más de medio milenio).

No hace falta irse a las explicaciones oficiales para hallar estos pecados. Por ejemplo, hablando de la expedición del primer viaje a América, siempre me ha llamado la atención que los andaluces que se enrolan en esta flota sí son españoles en nuestra forma de contar esta historia, pero el capitán de la flota no se recuerda como italiano, sino como genovés (el matiz es importante).

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Esta “reforma” de los acontecimientos del pasado, destacando lo que interesa y olvidando lo que no encaja en el discurso que se quiere potenciar, supone una de las máximas expresiones del uso político de la historia. Y el problema para los historiadores, que hace que veamos con terror días como hoy, es que estos pecados son demasiado seductores como para no usarlos. Al fin y al cabo, desde el siglo XIX la historia ha sido la muleta preferida sobre la que se apoyan las identidades nacionales. La disciplina que se utiliza para justificar una cierta homogeneidad en un grupo humano basada en supuestas tradiciones ancestrales. La base para explicar qué significa ser español, francés, inglés… y para decirte qué te hace especial a ti por haber nacido a este lado de estas montañas o más allá de este río.

Volviendo a lo que se trata de rememorar de la fecha actual, la explicación aburrida es que estos hechos pertenecen a otra época con otras lógicas distintas de las del Estado-nación actual. Pero precisamente eso hace que encajar un evento de otra época en la actual implique necesariamente reformas para que encaje en la compleja forma de la memoria colectiva. Y al reformar estos acontecimientos surgen los roces que son imposibles de obviar, tal y como nos recuerdan las diversas opiniones en torno al día de hoy.

Aunque leamos mucho el verbo de “recordar” para hablar del pasado, si se piensa es algo muy complejo “recordar” algo ocurrido hace más de 500 años. En todo caso el verbo correcto sería “reconstruir”. Y a la hora de reconstruir el pasado, el orgullo y la vergüenza son dos caras de una misma moneda. Si se identifica un pueblo del pasado como propio, si se ve en los hombres y mujeres que llegaron a América desde Europa desde finales del siglo XV en adelante como una extensión del “nosotros”; entonces, en última instancia, juzgar esos hechos es juzgarnos a nosotros mismos. Los abusos cometidos formarían parte de nuestra responsabilidad y las bondades de nuestra magnificencia. Tendríamos que quedarnos con la vergüenza y con el orgullo. Hacerlo solo con lo primero sería la famosa “leyenda negra” y con lo segundo la menos conocida estos días “leyenda rosa”, ambas igual de dañinas.

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Ante esta disyuntiva, yo propongo una opción menos emocionante: no coger la moneda. Distanciarnos de los debates emocionales que usan la Historia como telón de fondo y aproximarnos a esta fecha desde la curiosidad del observador externo, sin exaltación ni condena. Sin sacar pecho ni flagelarse. Porque en Historia, cada vez que se escucha una primera persona del plural, te están obligando a elegir bando y a posicionarte. A elegir entre el orgullo y el prejuicio.

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Redacción Leganés Activo
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Nacido en 2013, Leganés Activo es un medio experto en Leganés. Actualizado y con dedicación social, busca siempre dar voz a los vecinos de Leganés.

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