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viernes, 26 febrero, 2021
Opinion 'No. No es normal'; editorial

‘No. No es normal’; editorial

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No es normal mirarle el móvil. No es normal que se cambie la ropa porque a ti no te guste. No es normal impedirle ver a sus amigos. No es normal criticar constantemente a su entorno. No es normal llamarle ‘fea’ o ‘inútil’. No es normal obligarla a hacer algo que no quiere solo porque a ti te apetezca. Y tú: no, no te lo mereces.

Expertos y supervivientes señalan este tipo de comportamientos como las señales de alerta, los primeros signos de violencia machista. Por eso, aunque muchos lo critiquen, son ya considerados como formas de violencia. Y es que nunca se sabe cuánto tiempo va a ocurrir desde el primer insulto o descalificación hasta la primera agresión.

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La tradición o la costumbre son los principales motivos para excusar a tu pareja. La normalización es el motivo para no denunciarlo. Hasta que llega la violencia física. Hasta que llega el primer arrepentimiento. Ahí la culpa es el gran impedimento. 

En su monólogo Pamela Palenciano habla del ciclo del maltrato como una espiral: comienza siendo una relación idílica, pasa por el primer bache con la primera bronca, sigue con la agresión, pasa al arrepentimiento del agresor y el perdón de la víctima. Todo vuelve a ser idílico hasta que surge el primer problema y vuelve a empezar la rueda. Esto tiene fin, tiene salida: no perdonar.

La educación, la base del cambio

En muchas ocasiones la víctima es tan desconocedora de lo que sufre como el agresor de lo que está haciendo. Esto se da sobre todo en parejas jóvenes que ven el control como una extensión de los celos tan mal llamados románticos, o en aquellos que nunca han llegado a la agresión física. Y es que, en muchas ocasiones no es necesario. «No solo duelen los golpes». 

Por ello la concienciación de toda la sociedad es tan importante: crear un entorno en el que estas señales se vean rápidamente para poder alertar a quien está dentro de la espiral. Aprender a detectarlas es clave para no ser víctima ni dejar que nadie de nuestro entorno lo sea. Sea quien sea el agresor.

Y es que, tenga o no tenga apellidos, la violencia en la pareja existe. Y lleva existiendo toda la vida. Y lleva acallándose toda la vida. Estamos en el inicio del fin de esta espiral del silencio. No podemos dar marcha atrás, no nos podemos permitir volver a ser víctimas silenciadas, a volver a ser obligadas a aguantar porque en otros países o en otras sociedades la mujer está peor considerada. No hay que aguantar. Hay que luchar contra estos comportamientos ayudando a concienciar, y toda ayuda es poca.

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